Cincuenta y tres estaciones en paralelo del Tokaido, estación Fukuro
1845

Este grabado nos adentra en el rico mundo del folclore y los mitos locales que rodeaban la antigua ruta que conectaba Edo (Tokio) con Kioto. La obra es creación de Utagawa Kunisada (quien firma en el margen derecho como Toyokuni ga, ya que adoptó el nombre de Toyokuni III) y pertenece a la célebre serie "Cincuenta y tres emparejamientos para la carretera Tōkaidō" (Tōkaidō gojūsan tsui). Esta serie fue un ambicioso proyecto comercial publicado entre 1845 y 1846 en el que colaboraron los tres grandes titanes del ukiyo-e de la época: Kunisada, Kuniyoshi e Hiroshige. La genial premisa de la colección era vincular cada una de las estaciones de paso de la ruta con un relato histórico o una leyenda sobrenatural de la zona.
Esta estampa en particular está dedicada a la estación de Fukuroi e ilustra la misteriosa leyenda del estanque Sakura-ga-ike. Según el mito, el venerado sacerdote budista Hōnen Shōnin recibió la visita de una misteriosa y bella mujer que, en realidad, era la encarnación de la deidad dragón que gobernaba las profundidades del estanque y que acudía a él en busca de salvación espiritual.
Visualmente, la composición es un prodigio de tensión dramática y jerarquía escénica:
La Mujer Dragón: Domina por completo la mitad izquierda de la obra. Su naturaleza mística y de otro mundo queda inmediatamente al descubierto a través de su larguísima e indomable cabellera negra que fluye como una cascada hasta el suelo, un recurso clásico en el arte japonés para representar espíritus o apariciones. Viste un imponente kimono decorado con un atrevido patrón geométrico de triángulos, un diseño que sugiere de manera muy sutil e inteligente las escamas de un reptil o un dragón. Su actitud es sosegada, pero mira hacia abajo con una superioridad y un aura inescrutables.
La Sumisión Humana: En la zona inferior derecha, creando un fortísimo contraste de poder, encontramos a dos figuras mortales. Se trata del sumo sacerdote (con la cabeza rapada y un manto oscuro con cuello azul) y su joven discípulo vestido de rojo. Ambos están postrados en el suelo sobre el tatami, realizando una reverencia extrema (dogeza) que demuestra su profundo respeto, reverencia y sumisión ante la aparición de este ser divino.
El Entorno: Debajo de las figuras, trazadas con líneas azules y grises, se aprecian unas olas estilizadas rompiendo, lo que ancla físicamente la escena al borde del agua y nos recuerda el origen acuático de la deidad.
En la franja superior, un gran cartucho rectangular despliega el texto caligráfico que relata minuciosamente esta leyenda para el público de la época, acompañado a su derecha por el contundente título de la serie en gruesos caracteres blancos sobre fondo negro.
Es una estampa magnífica que documenta a la perfección la pasión del periodo Edo por lo esotérico y lo sobrenatural, combinando la maestría insuperable de Kunisada para el retrato dramático de personajes con el rico tapiz mitológico de las provincias japonesas.